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“Pies para Qué os Quiero”

Cuenta la leyenda y hoy se repite en los mentideros, que allá por el año 1315, en los campos de Calatrava, los señores feudos se iniciaban en las artes de caballería mediante un antiguo ritual que convertía al efebo en hombre y al hombre en caballero.

Para cumplir con el mandato los mancebos habían de someterse a numerosos lances entre los cuales estaban los de hierro y escudo, los de arco y flecha y por último los de lanza en ristre y cabalgadura al vuelo.

Siendo este último el que más destreza requería, el mozo pasaba de pie a jamelgo, aprendiendo los principios de la montura, empresa para la que se requería cierta destreza y equilibrio, además de entereza y juicio. Una vez que la bestia era de su dominio, a la sobreveste se la añadía armadura, a la mano desnuda, guantelete, a la pierna brafonera y a la testa, casco y almófar.

Vestidos con estos pertrechos, la difícil tarea de dominar la bestia, pasaba a ser encomienda del mismo Belcebú que el infierno se llevará y en modo alguno, ocupación  de caballero que perdía en el intento dignidad, porte y resuello.

Cuenta la leyenda decía, que los armados ya caballeros por unas monedas y algo de pan duro, ganaban el favor de algún labriego que exponiendo su pellejo, se cruzaba en el camino, a las bestias, cuando su jinete emprendía la cabalgada para ganar en justa, la espada y el nombre de caballero. Este cruzarse en el camino del jamelgo, solía ser motivo de algunos duelos y hubo quien antes de poder levantar la lanza en justo duelo, tuvo a bien ensartar a algún plebeyo.

Cuentan también que el caballero Fernan Nuño, hijo del feudo de Castro y por tanto su heredero, cansado de tanto ser estorbado por un labriego, decidió encerrar en la mazmorra del castillo de su padre a Froilan, uno de ellos, provocándole un buen susto y la quiebra de algún hueso. Froilan contó lo urdido y delató el nombre de varios conocidos caballeros que le pagaron unos buenos sueldos, por arrojar su vida delante de caballo y caballero. Fernan Nuño se retiró a Ciudad Real y allí estuvo siete días y sus correspondientes noches, cabalgando al trote y al galope, sin oponente ni adversario, preparando el encuentro que con Froilan había llegado a acuerdo.

Cuando de vuelta ya estaba el caballero, Froilan provocó de nuevo y hay de los señores que reían, pues ensartando a uno de ellos cogió por el peto a Froilan quien perdió pie en suelo y de su boca salió la sentencia que hoy todos conocemos: “pies para que os quiero”.

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